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sábado, 26 de junio de 2010

En las montañas de la locura.

Últimamente he leido un par de cosas de Howard Philips Lovecraft. Es una literatura interesante, que habla de la locura, de los sueños y de los miedos. También de la magnitud del tiempo y el espacio, y de como esta magnitud empequeñece a la humanidad, antes refugiada en la arrogancia de sus logros.




Durante una salida de campo, Andrés Gomez, quien trabaja con moluscos fósiles,  me comentó que existían relatos de H. P. Lovecraft dentro del contexto de la geología y la paleontología. Ya hace unas semanas que el  blog del Pakozoico mostrara uno de tales ejemplos. Así pues, me he encontrado con otra referencia paleontológica en la literatura de Lovecraft, titulada "En las montañas de la locura" (At the mountains of madness, 1931 ). Para no irse por las ramas, la cuestión trata de una expedición científica que busca estudiar rocas y fósiles en la Antartida. Los pobres expedicionarios se encuentran con lo que no debían encontrarse, y pasan un muy mal rato. Aquí el fragmento inicial, para su disfrute:

Me veo obligado a hablar, pues los hombres de ciencia han rehusado seguir mi consejo sin saber por qué. Expondré, contra mis deseos, las razones por las que me opongo a ese proyecto de invadir las tierras antárticas en busca de fósiles y de horadar y fundir las antiguas capas de hielo. Y me resisto sobre todo a hablar porque sé que mis advertencias serán inútiles.


Es inevitable, dada su naturaleza, que alguien dude de la verdad de estos hechos; pero si suprimiese lo que puede parecer extravagante e increíble no quedaría nada. Las fotografías que poseo, tanto comunes como aéreas, declararán a mi favor, pues son muy nítidas y reveladoras. Se negará sin embargo su autenticidad a causa de la posibilidad de un truco. Los dibujos a tinta, naturalmente, serán considerados simples imposturas, a pesar de la rareza de una técnica que tiene que sorprender y asombrar a los expertos.


Deberé al fin remitirme al juicio de los pocos hombres de ciencia que tienen, por una parte, bastante independencia de criterio como para juzgar mi relato a la luz de sus propios méritos o en relación con ciertos primitivos y sorprendentes ciclos míticos, y, por otra, suficiente influencia como para disuadir, al mundo de los exploradores, de todo programa temerario, y por demás ambicioso, en la región de esas montañas alucinantes. Por desgracia, yo y mis compañeros somos hombres relativamente poco conocidos, pertenecientes a una universidad de menor importancia, y tenemos muy escasas posibilidades de que se nos preste atención en asuntos raros y discutibles.